Novela Romántica Erótica

YO, SUPERYÓ Y ELLE: capítulo 1.

«La mayor prueba de que existe vida inteligente en el universo

es que aún no han venido».

Sigmund Freud

1. A QUIEN MADRUGA…

¿Alguna vez os habéis desmayado del susto?

Yo estuve a punto hace poco. Ocurre cuando menos te lo esperas; crees que vas ganando la partida, casi rozas la meta con la punta de los dedos y, de repente, la vida le da una patada al sentido común.

Llegué a tener los clásicos síntomas: mareo, malestar, visión borrosa, pero alguien me sujetó a tiempo de que mi tensión arterial se desplomara del todo.

Si me lo juran, no me lo creo. O directamente, me descojono…

Y es que la humanidad es propensa a reírse de lo improbable, de lo diferente, de lo genial… La desconfianza es innata cuando se trata de llevar la contraria a la norma establecida.

Se rieron al escuchar que la tierra era redonda, que un avión podría volar, y ¿lo de la pólvora y la electricidad? ¡Brujería pura!

Por reírse, se rieron hasta de Harry Potter, una obra vilipendiada por diversas editoriales antes de convertirse en un fenómeno mundial.

Y no aprendemos.

Nos sigue costando horrores cambiar de opinión, adaptarnos y transigir con todo lo que no nos han enseñado desde la cuna.

«Eres como bebé…», dijo la tipa azul de la peli de Avatar, «¡No ves!».

Se rieron de Einstein, se rieron de Freud, y nos reiremos de cualquiera que se atreva a desafiar al sistema impuesto. A la lógica. A su lógica.

Dicen que hay dos tipos de personas en el mundo: las realistas y las soñadoras, y que tienden a complementarse para vivir en un equilibrio cuántico de vibraciones bipolares. Yo soy una realista. Mi alzamiento de ceja y mi permanente ceño fruncido lo avalan, pero mis sueños, que nadie me los toque. Ni en sentido figurado ni en el literal. Porque AMO dormir. Y solo uso este verbo para dos acciones en concreto; la otra es navegar.

Y estaba yo… plácidamente, partiendo el mar con la proa de mi velero, con la brisa marina besando mis mejillas y coqueteando con un hombre escultural que llevaba una gorra de Capitán calada hasta unos ojos aguamarina perfectos, cuando…

Pom, pom, pom…

Abrí el ojo. ¡No estaba en medio del océano! La única brisa que me llegaba era la que me recordó que tenía que cambiar las sábanas. Los golpes no cesaban y maldije la pared que compartía con la cafre de mi hermana.

«La quiero, la quiero, la quiero…», me recordé, pero por Dios, ¡si apretando un botón pudiera hacer que desapareciera por horas!

«No digas eso…», me reñí enseguida. Ella no tiene la culpa de que esté frustrada vitalmente. La culpa es mía, por no huir de este pueblucho cuando tuve la oportunidad.

Pero es comprensible, nací en Portals Nous, una localidad de apenas cuatro mil habitantes situada a doce kilómetros de Palma de Mallorca. Un agujero negro con vistas al resto del planeta donde podía esconderme de la relatividad del tiempo.

El pueblucho en cuestión pertenece al municipio de Calvia, y no, no pretendo aburriros con geografía, que por cierto, la odio. Y solo ODIO dos cosas en la vida… la otra estaba echando un polvo al otro lado de la pared aquel día.

Amorodio, lo llaman algunos. ¿Cuánto más van a tardar en admitir la maldita palabreja en la RAE?

«No la odias», rectifiqué. Lo que odiaba es que provocara golpecitos en el pladur con ese cabezal de acero que se empeñó en comprar porque «¡Así puedo atar unas esposas!», alegó sonriente.

Corramos un tupido velo.

Lo que mucha gente no sabe es que Calvia es lo más parecido a un Mónaco español. Si te gustan los Porsches, los Rolex y los hoteles GL (Gran Lujo), te sentirás como en casa. Es un lugar dedicado al turismo de élite; no es extraño ver a la realeza europea, a la jet set y a artistas y financieros de éxito paseando como Pedro por su casa. Los simples mortales debemos de ser unos 300, como en Esparta, listos para plantar cara y defender a toda costa nuestra tierra, a poder ser, mejor de lo que lo hicimos en Gibraltar.

Aquí los guiris no están de paso, sino que son dueños de segundas residencias y de negocios lucrativos; cosa que hace que tenga un conocimiento pulido de insultos en idioma anglosajón. Por su culpa mi pueblo se llenó de tiendas caras y exclusivas en las que jamás podré comprar, y de restaurantes de alta cocina a los que nunca voy a comer… y lo acepto, pero a lo que no estoy dispuesta a renunciar es al entorno, porque es impagable. Un puerto de ensueño, una bahía turquesa y un peñasco enorme en medio del mar…

Ese pedrusco es como yo. Cabezota, duro y aguanta estoicamente junto a una playa cada día más cargada de sombrillas de pago y chiringuitos con música demasiado alta… PERO… queda al lado del puerto, el mejor lugar de la tierra.

Es, como diría Shakira, mi rincón feliz. Esa mujer es mi gurú. Está Loca, loca, loca, es una Loba y convive con su vicio inconfesable; eso merece todos mis respetos. Y el puerto es ese lugar para mí, no lo puedo remediar. Vivo enamorada del mar, de los barcos y de las regatas, y aquí se celebran algunos de los eventos náuticos más importantes del mundo. ¿Cómo iba a abandonar Portals?

Me gano bien la vida siendo patrón de barco para ricachones con complejo de Hemingway, que dicen adorar el mar, pero no se molestan ni en sacarse el PER (Patrón de Embarcaciones de Recreo). Pero yo encantada, ¿eh?, porque, en una semana, me levanto el sueldo de un mes; por mucho que mi madre insista en que debería buscarme «un trabajo de verdad». 

Supongo que ella me veía más de secretaria mileurista.

Siempre he pensando que le incomoda que desafíe una profesión tan masculinizada en la que todavía se me quedan mirando cuando digo que yo soy la Capitana y no una azafata. Pero me encanta esa sensación… Es como regalarles un cajón extra en sus estrechas cabezas donde caben cosas que jamás habrían pensado que pudieran existir. Y, oye, yo tengo de esos cajones a montones gracias a mi hermana Eli, que cada día me obsequia con un par de ellos. No tengo más que echar un vistazo a su estantería del placer, como elle la llama. Sí, ELLE. Porque Eli, no es ni hombre ni mujer, es de género fluido y nos hemos acostumbrado a usar el lenguaje inclusivo. Que sea genderfluid significa que no se identifica con una sola identidad de género, sino que va alternando de una a otra, o de ninguna o de las dos a la vez… ¿qué os parece?

No me lo digáis, ¡necesitáis un archivador mental nuevo!

Lo comprendo, la transexualidad siempre ha sido un tema tabú, casi ciencia ficción, pero cuando lo vives de cerca, todo es muy distinto. Me he encontrado (y me sigo encontrando) a mucha gente que lo considera una moda, una enfermedad mental o mera excentricidad, pero cuando tienes una gemela idéntica con la que compartes patrones cerebrales y físicos manifestando su identidad de género masculina a la tierna edad de cuatro años, empiezas a creer en la posibilidad de que hablan en serio. Eran pequeños matices los que demostraban mediante posturas, actitudes y miradas, que Eli era diferente a otras personas de su mismo sexo biológico. Desde muy joven tenía muy claras sus preferencias en cuanto a juguetes, ropa y amigos, eligiendo casi exclusivamente los de rasgo masculino.

Pero la cosa no termina en que era una niña que decía querer una colita para Navidad. Mi hermane es lo que se conoce actualmente como una persona de género No Binario. Este término paraguas se acuñó hace relativamente poco y recuerdo perfectamente verla llorar al escucharlo.

—¿Por qué lloras? —le pregunté sorprendida.

—Porque siempre he pensado que era un monstruo…

Esa respuesta me chocó.

La culpabilidad me devoró como una ola en fuerte marejada. Eli solía tener un espíritu alegre y positivo, pero en ese momento, me di cuenta de todo lo que había sufrido en realidad. Y que lo había disimulado por no alertarme, molestarme y preocuparme. A partir de aquello, velé más por ella todavía, si cabe, convirtiendo su felicidad en un objetivo existencial para mí.

Entender que Eli formaba parte del colectivo trans (personas que no se identifican con el género que se les ha asignado al nacer) fue acogido en nuestra familia con mucha naturalidad.

Digamos que no fue una sorpresa; mis padres lo sospechaban desde que le regalaron una Nancy y la clavó a la pared para dispararle flechas y arrancarle la cabeza en vez de vestirla y peinarla…

En la actualidad este tema está en auge porque la mentalidad del mundo está cambiando, la gente puede expresar libremente cómo se siente, aunque no encaje con lo estandarizado, y están apareciendo muchos más casos que antes no se atrevían a hablar.

Ahora el término Trans* acoge a mucha más gente que los clásicos transexuales (que se sienten del sexo contrario al que han nacido), porque… ¿qué ocurre con las personas que se sienten las dos cosas a la vez o que no se sienten ninguna de las dos en absoluto?

El término No Binario se encarga de recoger ambas opciones. Se sitúa en un espectro entre lo masculino y femenino, y no precisamente en un punto intermedio andrógino, sino en un punto distinto de esos dos extremos.

Tómatelo con calma si no eres milenial, porque nacer antes del dos mil tiene sus limitaciones mentales. No es como ahora, que desde el jardín de infancia explican que hay muchos tipos de familias: mixtas, de dos mamás, de dos papás, monoparentales… Antes la sexualidad era sota, caballo y rey. Y como se te ocurriese salirte de ese orden… uf.

¿El problema? Que Eli es puro caos. Siempre lo ha sido y… ¡me saca de mis casillas!

Os juro que es lo más pedorro que he visto en mi vida…

Quitaos de la cabeza que necesita un trato especial, solo es una persona más, una bastante molesta… sobre todo su parte masculina… ¡Es el clásico cabronazo! Cuando se siente chica es muchísimo más fácil. Nos vamos de compras juntas, al cine a babear viendo la última de Thor o simplemente pasamos la tarde tumbadas en el sofá haciéndonos confidencias y comiendo golosinas. Sesiones en las que desafío a Ikea con el aprovechamiento del espacio disponible en mi cabeza porque, aparte de ser trans, Eli es una persona muuuy complicada, con un trabajo muuuy delicado y un latente deseo por meterME en líos para provocar a mi bestia interior.

Harta de escuchar sus gemidos, me levanté a preparar café, rezando para que acabara pronto la función. En cuanto mi taza se llenó, la puerta de su habitación se abrió y apareció la parejita feliz.

La víctima era una rubia bajita de pelo largo que no parecía tener edad para votar. Se despidió de Eli con una sonrisa vergonzosa al percatarse de mi presencia en la cocina.

—Buenos días, Casanova —murmuré cuando vino hacia mí demostrando interés por la Nesspreso—. Una pregunta rápida, ¿cuando estás dale que te pego… no te da por pensar que ese ruido en la pared lo oye todo el edificio?

—Lo siento, ¿te he despertado? —Sonrió socarrón.

—Y otra cosa… ¿esa chavala no llega tarde al instituto? ¡Cada día las traes más jóvenes!

—Tienen la mente más abierta.

—¿La mente o las piernas?

—Igual es que tú las tienes muy cerradas, ¿hace cuánto que no mojas?

—Sabes que odio esa expresión —dije asqueada—. Es muy cerda.

—Solo es gráfica.

—¡¿Quieres parar?!

Hakuna Matata —Levantó las manos—, vive y deja vivir, hermana.

—¡Y tú deja dormir!

—Madrugar te sienta fatal.

—A quien madruga…

—Patada en los cojones —me pisa Eli rápido.

—¡No! ¡Dios le ayuda!

—Tú y tus refranes… ya te dije un día que todos podían terminarse con «patada en los cojones».

—Eso es una soberana chorrada…

—Haz la prueba. Lo que no mata… patada en los cojones, Hoy por ti, mañana… patada en los cojones.

—Eres idiota… —dije tratando de no sonreír.

—Vamos, hermanita, ¡anímate! ¡Hoy es viernes!

—Y yo trabajo todo el finde —aclaré malhumorada.

—¡Ah, por eso estás así! Yo pensaba que era porque ni te acordabas de cuándo fue la última vez que mojaste…

Lo pellizqué. Soltó una risita mezclada con un quejido y me largué.

¡Si elle supiera…!

«A ver, ¿cuánto hace que dejé a Pedro?».

Seis, nueve… diez meses. Y desde entonces había tenido bastantes encuentros furtivos por pura necesidad biológica; nada que ver con el amor verdadero, pero lo escondía porque sigue estando mal visto que una mujer haga eso. ¿Por quién? Por mí misma. He ahí el problema.

Creo que también amorodio un poco a Eli porque a veces me gustaría ser un tío, para hacer lo que me plazca sin que nadie me juzgue, pero no lo soy. No tengo ni un solo átomo masculino en mi cuerpo. Lo que tengo es muy mala hostia, gracias.

Me obligué a olvidar su afrenta. Tenía que ducharme, vestirme e ir al Club Náutico para recoger la información de mis nuevos clientes. Llevaba AÑOS esperando una oportunidad así… desde ese horrible percance en el puerto que me hizo ganar mala fama. ¡Era la ocasión perfecta para redimirme!

Prácticamente me lo habían suplicado a regañadientes porque fue un aviso de última hora y no debían de tener a nadie más disponible. 

Se trataba de uno de los yates más caros del puerto, así que ojo con rayarlo o hundirlo, sería el fin de mi carrera.

Cuando iba a marcharme, Eli me interceptó en la entrada.

—¿Ya te vas?

—Sí —respondí seca, pero noté que venía en son de paz.

Tenía el pelo aún mojado de la ducha; con lo corto que lo llevaba, había tardado menos que yo en desayunar y estar listo. Y digo listo porque ese era Elías, no mi adorada Elisa (el nombre que aparecía en su DNI). Los diferenciaba así para poder cagarme en sus muertos más fácilmente.

—Perdóname… —dijo solemne, clavándome sus ojos azules. Se supone que los tenemos iguales, pero para mí, no nos parecemos en nada—. Desde que vivo aquí me he soltado mucho la melena… En casa de papá y mamá no podía hacerlo, pero aquí me siento libre. Y parece que te molesta…

«¡Tendrá jeta!».

—Lo que me molesta es que te burles de mi vida sexual.

—No me burlo, me preocupo por ti. No sabía que eras tan… inactiva.

—Soy activa cuando tengo pareja.

—¿Y por qué no la tienes?

—Por que no es fácil encontrar a un tío que no te mande fotos de su polla a la primera de cambio.

Cuando lo vi sonreír de una forma muy concreta supe que sus propósitos de ser blandito y amable se habían esfumado.

—¿Fotos? ¿Qué tiene eso de malo?

«Me largo».

—¡Es broma! —Me agarró del brazo, jocoso—. No juzgues al grupo entero por un mísero 42%. ¡Estamos en la época de las aplicaciones! ¡Nunca ha sido tan fácil ligar, Jara! Ahora, quien no pilla, es porque no quiere. O porque se reserva para un Dicaprio pintor de primera clase.

—Pues yo no encuentro a nadie que me guste lo suficiente para aguantarlo en una relación —declaré convencida.

—Porque no lo buscas.

—Porque no lo necesito.

—Sí que lo necesitas. ¡Te has olvidado de lo que es ser joven! —exclamó abriendo los brazos—. Has empujado esa sensación hasta el fondo del mar y solo vives para trabajar, como si necesitases demostrar algo… Últimamente no te interesa nada más ¡y me preocupa!

—Lo siento, pero la gestión del puerto está a punto de cambiar de manos, y si me dejan fuera, me matan en vida. Tengo que currármelo.

—Y mientras te lo curras, ¿no puedes echar un polvo y disfrutar un poco?

—¡¿Qué más te da a ti mi vida sexual?!

—¡Mucho! Si sigues así, tus gatos te comerán cuando te mueras.

—No tengo gatos.

—Es en serio, te estás agriando, hermana, y estás desperdiciando el poco colágeno veinteañero que te queda en el cuerpo; luego lo echarás de menos.

Puse los ojos en blanco y me moví.

—Gracias por llamarme agria —dije abriendo la puerta de casa.

—No eres feliz —sentenció, haciendo que me detuviera—. Y parece que te molesta que los demás lo seamos. Pedro te pidió matrimonio y rompiste con él… ¿qué es lo que quieres entonces?

Me giré despacio y lo miré seria.

—Quiero que la gente respete que no quiera tener novio ni casarme ni tener hijos. Que respeten mi trabajo, mi descanso y mi casa. Quiero que respeten mi forma de vida, aunque no encaje en sus estrechas miras, ¿te suena de algo?

Su asombro me regaló tiempo para pegar un buen portazo.

Puede que fuera cierto que estuviera de mal humor, pero Eli se equivocaba, no estaba desperdiciando nada, sencillamente, había perdido mi fe en la humanidad.

¿Que por qué dejé a Pedro? Voy a resumirlo porque me da mucha vergüenza contaros todos los motivos. Son mierda de la buena. Pero, sintetizando, diré que no soportaba estar con alguien que, teniendo una vida perfecta, no dejaba de quejarse por todo, sin tener la intención de mover un dedo para cambiarlo. Es lo malo de tener complejo de superioridad, que nunca estás satisfecho con nada de lo que tienes y, por alusiones, me hacía sentir insuficiente.

Y más cosas… que ya os contaré en otro momento.

Mi mal humor se debía a que había dormido fatal y quería estar bien para tener aguante ante el ceporro que se presentara al mando del yate. Sabía de buena tinta que no sería su entrañable dueño. Ese pobre hombre era un encanto, pero se rumoreaba que estaba muy enfermo. Hacía años que no lo arriaba.

Entré en la oficina del Club Náutico una hora antes del abordaje y encontré a Sofía tras el mostrador.

—¡Jara! —gritó al verme con una inusual alegría.

—Hola, vengo a por…

—Los papeles de La Perla —terminó por mí, ofreciéndomelos.

—¿Quién quiere sacarlo del puerto? —pregunté intrigada.

—¡No lo sé, pero es un bombón! —chilló como si nunca hubiese visto a un chico guapo—. Se me ha caído dos veces el bolígrafo al suelo mientras hablaba con él, ha debido de pensar que ocupo una plaza subvencionada…

—¿Nacionalidad?

—Española. Y tiene treinta y tres, lo he calculado cuando ha rellenado su fecha de nacimiento. ¡Será uno de los nietos del tío Gilito!, ya sabes, ese hombre que es dueño de la mitad de los hoteles de por aquí, ¿lo pillas, no? ¡Por Dios, Jara! ¡Es un Grey en toda regla!

—Esperemos que no sea tan sádico…

—Pues a mí me gustan unos cachetitos de vez en cuando —sonrió morbosa.

Vale… Dejémoslo en un diplomático «para gustos».

—Luego he hecho algunas llamadas —continuó Sofía, misteriosa—. Y al parecer, esa carita de cachorrillo abandonado es porque acaba de divorciarse.

—Vaya…

—¡Es perfecto! —exclamó feliz—. ¡Un hombre así a falta de cariño! Ojalá estuviera en tu lugar y supiera manejar esa barcaza, pondría el piloto automático y me lo llevaría a una habitación para animarlo un poco, tú ya me entiendes…

Me quedé mirándola como si estuviera loca de atar. Atar hombres.

—¿Me das los papeles? —Casi lo supliqué. Necesitaba que esa conversación se terminara ya.

—Muelle 48. ¡Todo tuyo! Y ya me contarás… —me guiñó un ojo.

«Sí, claro… con pelos y señales», sonreí retrocediendo. Otra charla que iba directa al apartado de olvidar.

Quería estudiarme la ficha técnica del barco antes de nada; pasaba de hacer el ridículo cuando no encontrara el encendido del motor. No tendría problemas con un yate normal, pero ese alardeaba de costar una suma prohibitiva y seguro que lo tenía todo escondido bajo un sofisticado diseño.

Mis pies se dirigieron solos hacia un bar que hay cruzando la calle. Ese local es mi segundo hogar; donde más tiempo paso aparte de en casa. Se llama Neurosis, y no puedo evitar sonreír cada vez que lo veo y recuerdo la obsesión de Salva, su dueño, por un personaje histórico cuyas ideas cambiaron el mundo.

Las paredes del antro confirman su enfermizo interés por Freud. Hay muchas fotografías, recortes de periódico, portadas de sus libros y una gran frase en la pared que reza: «La respuesta que estás buscando es… Tu madre». ¡Es brutal…!

Él mismo se considera un brillante psicoanalista detrás de la barra. «El más barato del mundo», apostilla cuando la gente le taladra la cabeza con sus problemas. Yo incluida. Pero la culpa es suya por tener complejo de Buda y lanzarnos cientos de frases manidas de autoayuda.

Mucha gente se ríe de Salva por alabar a ese calavera, misógino y heroinómano, pero suele callarles la boca cuando demuestra que sus teorías siguen teniendo una influencia exponencial a día de hoy.

Su teoría del Ello, Yo y Superyó intentó explicar el funcionamiento de la psique humana más simple. El de una persona escuchando a su ángel y a su demonio particular.

El ángel o Superyó es el control moral y crítico de la consciencia.

El demonio o Ello son los deseos, voluntades e instintos originados por el placer.

Y el Yo, somos nosotros, intentando buscar un equilibrio.

—¡Tuvo el ingenio de cuestionar el status quo de la época y para mí es un héroe! —exponía Salva orgulloso. Y ver cómo lo defendía, con ese brillo en la mirada, me hacía sonreír. Me recordaba un poco a mí…

Esa tenacidad afianzada por haber tenido que luchar siempre contra viento y marea, nunca mejor dicho. Y desde bien pequeña…

La marea siempre está ahí, en todos los ámbitos de la vida. En los trabajos, en los colegios, en casa… se trata de perfiles de personas que te ahogan cada día haciéndote la vida imposible.

Entre los niños (y no tan niños) se encuentran: los populares y los marginados. Podría clasificar estos dos grupos en miles de categorías: los guapos, los tontos, los crueles, los envidiados, los empollones, los introvertidos, los de distinta orientación sexual… pero siempre existe lo que yo llamo: La Resistencia. Un grupo de gente que, sin tener ninguna característica anterior, ofrece oposición a los populares por tres sencillas razones: una, que tienen educación; dos, que son buenas personas y tres, que son valientes, porque la mera injusticia de marginar a cualquier grupo social ya los posiciona de su lado.

En mi colegio, La Resistencia era una gran ONG que acogía a los alumnos maltratados por niños superficiales e insensibles. Y mi hermane Eli, con la confusión de identidad que arrastró hasta entrados los veinte, fue carne de cañón. Soy una persona pacífica, pero puedo tener muy mala leche si me provocan… y que Eli estuviera siempre en el punto de mira de gente que ni la entendía ni quería entenderla, me llevó a declararme, sin buscarlo, la líder de La Resistencia. Solo me faltaba una capa y mi propio logo.

—Hola, cariño, buenos días —me saludó Salva aquella mañana en la que mi vida estaba a punto de cambiar. Y no en plan: «¡Bien, al fin me pasa algo!», sino en plan «¡¿Por qué a mííí?!».

Salva era el típico padrino enrollado que todo el mundo desea tener. Una de esas personas que, cuando llegue la edad de jubilarse, no lo hará porque no hay cosa que más le guste en esta vida que estar detrás de esa barra deseando los buenos días.

—Hola —Sonreí abiertamente. Y no le sonreía así a cualquiera.

—¿Un café americano?

—Sí, por favor. Me espera un fin de semana toledano…

—¿Por Eli otra vez? ¿Cuándo le dirás que quieres que se marche?

—No es por Eli. Bueno, a primera hora de la mañana ya estaba haciendo de las suyas, pero no es eso… es que… este finde me han encargado que gobierne a La Perla.

—¡¿La Perla?! Joder… ¡¿Quién?!

—No lo sé, creo que es su nieto, pero todo el mundo estará pendiente de que ese superyate se va a mover y no quiero pifiarla.

—Pues no lo hagas. Concéntrate y enséñales a todos de lo que eres capaz, cielo —dijo dejándome una taza humeante delante.

Y con esa simple frase, logró animarme y hacer que sonriera como si fuera a perpetrar una maldad. Es lo que pasa cuando se juntan un realista asustado y un soñador temerario, que fabrican calma.

Media hora después, caminaba por el pantalán rumbo al barco, arrastrando mi discreto equipaje de mano. Era una maleta con ruedas que había dejado en mi taquilla justo antes de ir a ver a Sofía.

A lo lejos, avisté a un grupo de atrevidos frente a la embarcación. Eran mi tripulación. No me hizo falta rogarles mucho, todos se morían por unirse a esa expedición.

La Perla era un orgasmo visual de arquitectura naval con interiores de madera de fresno, titanio y terciopelo beige, aunque todos sabían que iba a ser un fin de semana muy duro. ¿Por qué no dejo de decir eso? Pues porque trabajar en un yate de lujo puede sonar muy glamuroso, pero nada más lejos de la realidad. La palabra que mejor lo define es AGOTADOR. Porque es extenuante intentar que un barco parezca nuevo todo el tiempo y procurar que cada minuto que pasa sea especial y perfecto para todos los pasajeros.

La clave es limpiar, limpiar, limpiar y sonreír mucho. Desde el alba hasta la medianoche nos dedicamos a perseguir al pasaje con disimulo para ir borrando las huellas que dejan por todas partes, por no hablar del rastro que originan cuando comen, beben o fo… duermen.

Como he dicho: limpieza. El manejo es cosa mía. Y como Capitana, superviso el resto de las tareas, lo que se traduce en pasarme el día solventando problemas; no suelo tener tiempo ni de sentarme a comer. Llego muerta a casa, pero está muy bien pagado. Y me encanta, para qué negarlo.

Eran las nueve de la mañana y teníamos siete horas para una puesta a punto impecable. Un gran Chef cargado de víveres gourmet, un jefe de máquinas experto en mantenimiento, una responsable de limpieza más exigente que un Inspector de Sanidad y yo, patrona, capitana, marinera y lo que haga falta, estábamos listos para subir a bordo con los dedos cruzados, deseando que fueran unos millonarios amables que se acogieran al dicho de que «el dinero grita y la riqueza susurra». Y que sus deseos, caprichos y excentricidades rarunas fueran lo menos estresantes posibles.

Pensándolo en frío… ¿cómo no me di cuenta de la que se me venía encima?

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